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Archive for 27 octubre 2013

TUNGUSCA ¿EL MISTERIO DE STALIN?

 Iosif Stalin, el bolchevique, tiene el penoso honor de haber sido el mayor asesino de la historia del siglo XX y probablemente de toda la historia de la humanidad. Stalin era su apodo (“acero”) y se lo pusieron los propios bolcheviques (¡buf!). Durante la Revolución Rusa, los bolcheviques eran una minoría y los mencheviques eran la mayoría, seguidos por casi toda la población; estos últimos pretendían una Rusia democrática. De alguna manera, Lenin, Trosky y Stalin consiguieron desbancar a los mencheviques y crear su estado de terror con las famosas purgas, deportaciones y asesinatos en masa.

Este personaje tenía una personalidad paranoica, hasta el punto de que empleaba 50.000 soldados y agentes para su seguridad personal. Tenía agentes incluso en las granjas y en las huertas de donde provenía su comida para evitar que alimentasen el ganado o regasen con venenos. Hay mucho escrito sobre este individuo.

Una de sus falsificaciones más conocidas es la de una fotografía en la que él está sobre un estrado arengando a la multitud y, cerca de él, en una escalera, está Trosky. Mandó borrar a Trosky y distribuir la fotografía con él como único protagonista. De este tipo de falsificaciones fotográficas tiene unas cuantas.

Cuando, en febrero de 1.945, Hitler lanza la primera bomba atómica sobre Siberia, en Tunguska, Stalin no estaba dispuesto a admitir a sus aliados la vulnerabilidad de la URSS. Esta decisión dio al traste con las pretensiones de Hitler de utilizar la bomba atómica como un arma disuasoria para conseguir una paz razonablemente honrosa.

Como no podían ocultarse los daños producidos y, teniendo en cuenta que la guerra fría se estaba gestando, con los americanos realizando vuelos de reconocimiento sobre la URSS, a Stalin se le ocurrió la genial idea de decir que en Tunguska cayó un meteorito a principios del siglo XX, más concretamente en 1.908, y que desde entonces se mantenían las secuelas del impacto. Para consolidar esa historia, se sacaron fotos de la zona devastada y se inventó a un curioso personaje como autor de las fotos.

El personaje del cuento se llamó Leonid Kulik, científico soviético al que no sólo se le dotó de una personalidad, sino que también se le dio un cuerpo, una cara y una idiosincrasia. Existen algunas fotos de este personaje, una de la cara, con gafas, perilla y aspecto de científico despistado. Y otra con una especie de uniforme de marinero, con un fusil al hombro y en actitud de descubridor al uso.

A nuestro Kulik le hicieron famoso porque realizó una expedición de miles de kilómetros en caballo y trineo por un cerrado y nevado bosque hasta el lugar de la caída del meteorito, que encontró misteriosamente. Hay que tener en cuenta que incluso en la actualidad sólo se puede llegar en helicóptero al interior de esas masas boscosas. Llegó, fotografió y se fue sin más. Posteriormente aparecieron fotos del lugar, según los soviéticos, de la expedición de este científico y de vuelos realizados durante 1.945.

En todas las fotos se ve lo mismo: una zona de varios kilómetros devastada. Lo mismo con las fotos de 1.945: la misma zona y la misma devastación. Pero hay un “pero”: al poco tiempo de acabada la guerra (1.945), la zona comienza a reforestarse a una velocidad sin precedentes. El bosque se regenera y casi no quedan secuelas en la masa arbórea.

Lo que no sabía Stalin, ni nadie todavía, era que tras una explosión atómica la regeneración vegetal es muy rápida, aunque con secuelas en los troncos de los árboles. Con lo que no supo cómo justificar que el bosque estuviera devastado durante treinta años y de pronto se regenerase. Sobre esta historia oficial soviética no existen datos anteriores a 1.945, ni tampoco del científico. Sobre la vida de éste no se sabe nada, salvo que luchó en la guerra mundial y fue hecho prisionero por los alemanes y murió de tifus en el campo de concentración, nada menos que con más de 60 años. Hay que tener en cuenta que los rusos no mandaban al frente a nadie que supiese algo más que leer y escribir, mucho menos a un científico de esa categoría. A los más “leídos” los hacían comisarios políticos.

Cuando en 1.946 y 1.947 se empieza a ver la regeneración del bosque y, sobre todo, que no existía ningún cráter (las bombas atómicas se explotaban a 600 m. de altura aproximadamente), la siguiente genial idea fue dejar caer que podría haber sido una nave extraterrestre que había explotado en el aire, aprovechando que en ese año es cuando se inicia la famosa hipótesis extraterrestre para ocultar las naves circulares (platillos volantes).

Servida la incertidumbre, Stalin se salió con la suya: aún perdura el “misterio de Tunguska”.

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